El llamado de la naturaleza

El bioquímico Claudio Martínez y el periodista ambientalista Daniel Hardy plantean la urgencia de buscar alternativas al modelo dominante de producción agrícola

Una imagen chistosa: un perro persigue su propia cola dando vueltas en círculos. De pronto el can alcanza a morder su rabo y un gemido de dolor lo alerta acerca de una realidad lastimosa: durante toda la persecución se encontraba en guerra consigo mismo. Quizás la imagen dejaría de ser tan chistosa si cambiásemos al perro por un ser humano… después de todo, el humor es subjetivo. Una de las personas a quienes tal imagen no le causa ninguna gracia es el doctor en Biología Molecular y Celular Claudio Martínez Debat, quien es docente en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República y director del Laboratorio de Trazabilidad Molecular Alimentaria (LaTraMa). En diálogo conmigo, el especialista manifestó su preocupación frente a al sistema de creencias que se encuentra instaurado hace milenios en la sociedad y que atraviesa todos los registros de la historia moderna de la humanidad. El humano ha estado siempre en guerra con otros de su propia especie, pero también contra todo su entorno. “El problema es la forma industrializada de producir que genera una separación grande con la naturaleza, incluso filosófica”, dijo Martínez. Los individuos ya no se procuran el alimento directamente, lo que obligaría a enfrentarse directamente con su ecosistema, sino que lo reciben ya procesado y empacado. Esto lleva a un distanciamiento del individuo de su propia integridad biológica y también de las leyes que rigen a la vida.

Esta “guerra contra la naturaleza”, piensa Claudio Martínez, se ha trasladado a nuestras formas de aprovechamiento de los recursos de la tierra, y específicamente estas estrategias guerreras se encuentran patentes en la producción agrícola que tiene lugar en el campo. No sólo muchos de los productos químicos utilizados en las plantaciones provienen directamente de la industria bélica, sino que las estrategias de producción están plagadas de un léxico dominado por metáforas de guerra: es menester el eliminar a todos los enemigos, sean estos hongos, bacterias, insectos o “malezas”. Es en este paradigma guerrero que se eleva firmemente el modelo agroindustrial actual sin ningún tipo de voluntad de cambio a la vista. “Es un modelo muy cómodo, porque nosotros tenemos el poder y la historia siempre la escriben los vencedores – planteó Martínez – Por ahora somos nosotros quienes escribimos la historia; en el futuro, teniendo en cuenta los grandes colapsos que están ocurriendo en algunas partes de esta biósfera terrestre, en algún momento vamos a pasar de ganadores a perdedores.”

Más allá de esta guerra declarada por el hombre moderno a su entorno, el especialista considera que actualmente la humanidad se encuentra atravesada por todo un movimiento social que anhela recuperar los lazos perdidos con todo lo que compone el macrosistema terrestre. Los beneficios que aportan estos lazos, dice el bioquímico, no escapan a los pueblos indígenas que aún conviven con las otras especies animales y vegetales, de una manera práctica y funcional, sí, pero también con respeto y reverencia. Tampoco escapan a la medicina, la cual ya ha demostrado con creces cómo un contacto directo con la naturaleza beneficia ampliamente una buena salud, aspecto de la vida que la actual cuarentena a causa del coronavirus está poniendo sobre la mesa. “Ya sea de forma intuitiva o por seguir lo que dice la ciencia, mucha gente está volviendo a “meter las manos en la tierra” – expresó Martínez – Lo digo metafórica pero también literalmente, ya que en la tierra hay microbios que una vez que los incorporamos a nuestro microbioma (la propia población natural de microbios de nuestro cuerpo) producen sustancias beneficiosas para nosotros, en particular para nuestro buen humor.” Para el experto para comprender esto basta con observar cómo los niños no se enferman cuando se ensucian las manos y la cara al jugar con tierra: si se razona un poco por fuera del sentido común cualquiera comprendería que al ensuciarse de microbios están generando nuevas defensas inmunitarias para luego defenderse de males mayores. De pronto la relación que tenemos los seres humanos con la naturaleza se vuelve tan estrecha que el reaprender las leyes universales según las cuales la misma se perpetúa aparece como imprescindible para que logremos sobrevivir en el planeta.

Comienza entonces a dibujarse la razón por la cual la relación que hoy en día mantiene mayoritariamente el ser humano con la tierra puede ser asociada a un perro que se persigue el rabo: declararle la guerra a todo lo que perturba sus actividades económicas equivale a lanzar un boomerang para quedarse luego mirando embobado el horizonte sin nunca esperar el golpe. Se vuelve así necesario el adoptar una visión holística que sepa contemplar a toda la biósfera como un único sistema vivo cuyos componentes funcionan enteramente en interconexión. Esta visión se encuentra muy alejada de la visión reduccionista del razonamiento científico tradicional en el cual cada disciplina se pierde en sí misma sin mirar alrededor, “lo que genera hasta epistemológicamente una visión muy acotada del entorno”, dijo el científico uruguayo.   En una era digital en la que la cantidad de información acumulada es cada vez más abrumante, se hace cada vez más evidente la necesidad de adoptar una mirada sistémica sobre el entorno como único medio de supervivencia. Desgraciadamente las estrategias dominantes de producción agrícola no han sido ideadas teniendo en cuenta los posibles efectos secundarios de las mismas sobre su entorno. Los monocultivos transgénicos y los agroquímicos usados para protegerlos de los enemigos que puedan rodearlos podrán ser muy rentables a nivel agroeconómico, pero, por no contemplar en su empleo a la totalidad del ecosistema, no sólo generan efectos adversos para la salud de otras especies y la nuestra, sino que esa rentabilidad tan codiciada tiene una fecha de caducidad.

La identidad que caracteriza a este biosistema global queda claramente representada por la información genética aportada por las moléculas de ADN y de ARN y por las diferentes formas que éstas tienen de expresar la información que portan, lo que se conoce como epigenética. “Es una misma lógica replicativa de información basada en estas macromoléculas de ácidos nucleicos, lo que es un claro ejemplo de la unidad material que existe en la biósfera”, argumentó el especialista. Dentro de esta unidad cooperan un montón de mecanismos para mantener un equilibrio al cual la ecología denomina “homeostasis”, equilibrio que permite toda capacidad del entorno de recomponerse tras cualquier perturbación. Esta capacidad, llamada “resiliencia”, se pone en juego así ante agentes disruptores de esta homeostasis, como lo son los agroquímicos utilizados en las plantaciones agrícolas. Los perjuicios que representan estos productos químicos para nuestra propia salud y la de los ecosistemas aparecen bien documentados en el libro “Agroquímicos: El genocidio silencioso de la salud” escrito por el periodista y ambientalista uruguayo Daniel Hardy Coll, quien desarrolló una investigación durante diez años para recopilar toda la información que se expone en su obra. En diálogo conmigo el periodista contó sobre un caso ocurrido en el año 2017 en el paraje La Armonía en el kilómetro 40 de la ruta 33: ese año estudios realizados por la Facultad de Química detectaron la presencia de restos de pesticidas en el pozo de agua de la escuela rural n°10. Habiendo sido solicitado por la Intendencia de Canelones, el estudio se realizó en agosto en el Polo Tecnológico de Pando y su resultado provocó la clausura del pozo de la escuela, los alumnos debiendo traer sus propias botellas de agua desde sus hogares. Pronto se descubrió que la mayoría de los pozos de agua de la región, con más de treinta metros de profundidad,  se encontraban en iguales condiciones de contaminación.

Gran parte de los perjuicios que han sido documentados como causados por el uso de pesticidas como el glifosato y el ácido 2,4-diclorofenoxiacético (2,4-D) están ligados a la ya mencionada epigenética, la cual engloba a los mecanismos de expresión de las secuencias de ADN presentes en el genoma. Un gen puede estar presente en nuestro ADN pero no lograr expresar su información molecularmente, por lo que se dice que éste está “silenciado”. Estos mecanismos de regulación están estrechamente vinculados al entorno en el que se mueve un individuo y muchas veces se los asocia con los cambios de humor o con el desarrollo de enfermedades crónicas. Sucede que en estos procesos de regulación epigenética cumplen un rol fundamental los microorganismos con los que nuestro cuerpo mantiene una relación cooperativa, es decir nuestra “flora natural”, microorganismos que se ven atacados por los pesticidas que son aplicados a nuestros propios alimentos. Lo que resulta especialmente preocupante a Claudio Martínez Debat es que los cambios epigenéticos se transmiten de generación en generación sin necesidad de que ocurra una mutación, en algunas especies animales llegando incluso a transmitirse durante siete generaciones sucesivas, por lo que los efectos negativos que tienen los agroquímicos sobre la salud podrían recién manifestarse en la generación de los nietos de los abuelos que consumieron alimentos contaminados. “Estamos produciendo una enorme cantidad de alimentos con agroquímicos que estamos consumiendo sin saber: son los ingredientes no declarados”, advirtió Martínez. Por otro lado, el otro gran grupo de agroquímicos, los fertilizantes, son compuestos fosfatados que terminan en los cursos de agua y que favorecen el proceso de fotosíntesis de las cianobacterias, por lo que facilitan el florecimiento de las mismas.

Pero los productos químicos utilizados para proteger las plantaciones no son los únicos citados entre las advertencias del bioquímico uruguayo. Los otros grandes protagonistas que son blancos de sus observaciones son los cultivos transgénicos, organismos vegetales modificados genéticamente en busca de conferirles a las plantas rasgos que optimicen su supervivencia en el campo. Ya sea recibiendo ADN foráneo por ingeniería genética o modificándose una secuencia específica por edición directa en su genoma, se busca que los individuos que constituyen estos cultivos presenten alguna de estas dos características: ser resistentes a la aplicación de dosis masivas de herbicidas y/o pesticidas, o que la propia planta sea capaz de producir sus propias toxinas con efecto insecticida. Así como los pesticidas, estas toxinas también perjudican al microbioma natural de nuestro cuerpo, además de que pueden ser compuestos alergénicos. No sólo se están liberando enormes cantidades de clones vegetales de la misma especie al ambiente con una modificación genética que no se sabe cómo interaccionará con la información genética del ecosistema, argumentó Martínez, sino que la edición genética no sólo genera modificaciones en el genoma en los sitios puntuales previstos, sino que también existen inserciones de ADN en sitios que no estaban previstos de antemano. “Son técnicas imprecisas, pero son imprecisas por definición porque los mecanismos bioquímicos de la vida no son 100% precisos – explicó el especialista – entonces no podemos pretender que el ser humano en un laboratorio sea más exacto que la propia naturaleza. Siempre hay un montón de variables que la naturaleza se tomó miles de millones de años en optimizar. Por eso son técnicas prometedoras pero aún están en fase experimental y no tendrían que ser usadas fuera de un laboratorio.”

Más allá de todas estas contraindicaciones, el volumen de agroquímicos importados en nuestro país no ha hecho más que aumentar, incrementándose aún más que la superficie de cultivos transgénicos plantados. “Las cifras de agrotóxicos importados han ido en aumento, como lo muestran los documentos del Ministerio de Ganadería y de aquellos a los que accedí gracias a la Ley de Acceso a la Información Pública”, informó el periodista Hardy Coll. Según el director de LatraMa, mientras que el ciudadano común normalmente ve un riesgo como un daño potencial, para las grandes empresas que sostienen este modelo productivo un riesgo significa una oportunidad de beneficio económico, de conquistar un nuevo nicho de mercado. El problema radica en que este modelo agroeconómico implica riesgos serios para la salud humana a futuro, aunque en su diseño estos efectos secundarios no hubiesen sido originalmente planeados. Y no sólo implica riesgos para nuestra especie, sino que también afecta a la fertilidad de los suelos, a la potabilidad del agua, a la contaminación del aire, a la biodiversidad y a las poblaciones de insectos fundamentales para el funcionamiento de los ecosistemas como son las abejas. “Son todos síntomas de que este modelo basado en la guerra está causando daños colaterales – dijo Claudio Martínez – Como en toda guerra, hay daños colaterales, y son estos daños que la sociedad ha empezado a rechazar.” En efecto, más allá del enorme movimiento provocado por la activista medioambiental sueca Greta Thunberg, cada vez es mayor la fracción de la población que se encuentra en un movimiento de “retorno a la naturaleza” que busca reincorporar el respeto hacia el entorno. Frente a estos temas también se encuentra fraccionada la comunidad científica, existiendo dos grandes bibliotecas de investigación en disputa: por un lado están los investigadores que defienden con sus trabajos el modelo productivo imperante y minimizan la nocividad de sus efectos, por el otro se encuentran los científicos que buscan hacer el foco sobre los riesgos que acompañan al mismo modelo. Sin embargo, el volumen de los trabajos de investigación pertenecientes a la primera biblioteca presenta un estancamiento y detrás de los mismos se suelen hallar conflictos de intereses vinculados a grandes corporaciones, mientras que el volumen de la biblioteca que se muestra crítica con este modelo económico no ha hecho más que crecer en los últimos años. “Cada uno sabe en el equipo que quiere jugar – dijo por su lado Daniel Hardy – “Yo juego en el equipo de la humanidad, al que le importa más la salud que una facturación.”

Frente a este panorama lleno de advertencias que pesan sobre el futuro de nuestra especie, encontrar alternativas viables al modelo de producción imperante se vuelve más que una opción una necesidad. La alternativa estrella en los tiempos que corren es la denominada “agroecología”, ciencia de punta que Claudio Martínez considera la más importante actualmente. Como miembro a la cabeza del Núcleo Interdisciplinario Colectivo TÁ (Transgénicos y Agroecología), el doctor en biología molecular y celular explicó que la agroecología propone un modelo de producción agrícola basado en los principios de la ecología, tomando a la naturaleza como un único sistema y buscando ser sostenible en el tiempo. Tomando como base de todo razonamiento el hecho de que todos los componentes de la biósfera están íntimamente interrelacionados, toda una rama de la microbiología que tradicionalmente se ha dedicado a estudiar patógenos para diseñar antibióticos y vacunas se encuentra hoy, por ejemplo, investigando a aquellos microorganismos que puedan ser beneficiosos para los suelos. Se busca producir así preparados concentrados de estos microorganismos para reemplazar a los fertilizantes nitrogenados y fosfatados, cuyos efectos desgastantes sobre los suelos ya están más que documentados. Una producción agroecológica llevada a cabo sobre un suelo saludable presenta muchos más nutrientes y de mejor calidad que un suelo empobrecido por las técnicas agrícolas convencionales: un suelo desgastado podrá producir grandes toneladas de un mismo grano, pero estos granos estarán desprovistos de un montón de minerales imprescindibles para nuestra buena salud. Por otro lado, por emplear el policultivo (muchas especies vegetales conviviendo juntas) en vez del tradicional monocultivo (una sola especie), la agroecología también ayuda a conservar la biodiversidad, la cual es fundamental para resistir los desafíos que aporta el cambio climático. Estos policultivos ya eran utilizados anteriormente por los pueblos originarios que habitaban estas tierras, como lo demuestran diferentes hallazgos arqueológicos, pero también se utilizan aún hoy en México: son las conocidas “milpas”, parcelas de tierra en la que se siembran juntas varias especies vegetales como el maíz, el frijol, el chile y la calabaza.

La Red de Agroecología del Uruguay, activa en el país hace décadas, ha tomado relevancia hace un par de años en el marco del Plan Nacional de Agroecología, ley que se aprobó en el Parlamento a finales del 2018 y se reglamentó a inicios del 2019. Debido a que la demanda de productos agroecológicos se está incrementando en aproximadamente un 10% por año a nivel mundial, Claudio Martínez considera que Uruguay tiene la gran oportunidad de negocio de rediseñar su modelo productivo hacia una producción agroecológica de alto valor agregado. El país tiene así la ocasión de producir alimentos ricos en vitaminas, proteínas y minerales para conquistar un mercado naciente que ambiciona alimentos de mejor calidad. En Argentina ya se encuentran produciendo miles de hectáreas de policultivos de forma agroecológica, lo que demuestra que este tipo de cultivos son posibles de forma extensiva. Regresar a los orígenes indígenas de nuestras formas de producción agrícola para aprender de las raíces de nuestra especie puede ser la clave para conservar un ecosistema al borde de un colapso global. Además, también puede ser una excelente medida preventiva para los problemas de salud que puede sufrir la población humana a futuro. “Si estos temas se invisibilizan, la gente se empieza a olvidar hasta que se diagnostican enfermedades crónicas – opinó Martínez – Empiezan las consultas cuando el daño ya está hecho. Por eso está bueno generar una cultura de la salud preventiva. Generar una salud que milita desde la salud y no desde la enfermedad.” Por su parte, el periodista Daniel Hardy Coll zanjó: “esta pandemia que hoy se vive con el coronavirus si algo está demostrando es que sin salud no existe posibilidad de una economía sana”.



Bruno Gariazzo

La relativización del valor

Las canciones post mortem inéditas de tu compositor favorito, el último escrito perdido de un poeta maldito, el garabato original de un Picasso inaudito, la antigua instantánea analógica de un ser querido que siempre llevas contigo… o el regalo de cumpleaños de un amigo. Todas son obras cuyo valor es único, irreplicable e incalculable, pero dentro del mercado, lo invaluable siempre adquiere finalmente su valor. ¡Y si lo obtendrá! El afán del coleccionista por rodearse de piezas exclusivas no tiene límites tangibles, como tampoco los tienen los denominados NFTs o “Non- Fungible Tokens”, los cuales han sido vendidos recientemente por sumas de millones de dólares.

Estos “activos no fungibles” son bienes digitales no modificables, con una existencia única o escasa certificada y verificable, siendo generalmente éstos contenido audiovisual online como ser una fotografía, un tweet, una imagen pixelada o incluso un único pixel. Lo primero que diferenciaría a estas piezas de colección de un cuadro o una novela originales sería su condición de obras de colección digitales, y por ende, no tangibles. Lo segundo sería la forma del certificado que garantiza su exclusividad y la identidad de su propietario, el cual también es único ya que estos bienes no pueden pertenecer a  varias personas. En efecto, esta garantía de singularidad y propiedad de los NFTs se da gracias a que se encuentran encriptados y asociados a una cadena de bloques de información (“blockchain”), tal como el sistema que da base a las criptomonedas como Bitcoin y Ethereum. En este sistema, cada bloque o paquete de información se encuentra enlazado tanto a los bloques previos como a los siguientes en la cadena, existiendo una copia exacta de ésta en cada ordenador que constituye un nodo de la red. De esta forma, cada NFT lleva consigo, en el código que lo constituye, toda la información referente a su historia: quienes han sido todos sus propietarios desde su creación, en qué intercambios ha formado parte, en qué fecha fue creado y de qué cadena de bloques forma parte. Entonces, al comprar un NFT un usuario se encuentra comprando un certificado de pertenencia que en definitiva está representado por los metadatos de tal NFT.

Aunque el blockchain ganó popularidad a partir del año 2008 gracias a la criptodivisa bitcoin,  esta tecnología se originó en 1991 con el trabajo de investigación de Stuart Haber y W. Scott Stornetta sobre la posibilidad de crear un sistema de información organizada en una cadena de paquetes cuya seguridad está garantizada criptográficamente. En el caso de las criptomonedas, la cadena lleva un registro de cada una de las transacciones realizadas, cada bloque posee un lugar específico e inamovible en la misma, y cada nuevo registro será validado y verificado por todos los nodos de la red antes de ser agregado como un nuevo bloque del blockchain. Como dijimos antes, cada nodo de la red lleva almacenada una copia exacta de la cadena, y es esta distribución lo que permite que la información esté disponible en todo momento. Pero es también esta misma distribución de la cadena lo que hace al sistema de blockchain tan seguro frente a posibles ataques malintencionados: para modificar alguna información contenida en los bloques de la cadena, el atacante debería de modificar más de la mitad de las cadenas de la totalidad de la red. La información se guarda de esta forma a través de este tipo de tecnología de manera descentralizada, perpetua, y con garantía de autenticidad.

Existen diversas formas de adquirir un NFT, pero generalmente existen sitios web específicos que los venden como Makersplace, Coin Ranking (que también permite seguir la fluctuación del valor de las criptomonedas en tiempo real), Rarible o incluso la web de la NBA. La información de cada NFT a la venta se encuentra disponible en estos sitios, y aunque estas obras digitales pueden comprarse con dinero convencional, lo más común es que estas transacciones se lleven a cabo utilizando criptomonedas almacenadas en billeteras virtuales. De forma similar al caso de las criptomonedas, el valor de los NFTs también fluctúa con la oferta y la demanda dentro de subastas masivas, pero al tratarse de piezas únicas o extremadamente escasas que no son intercambiables, este valor puede dispararse más allá de cualquier límite imaginable. En febrero de este 2021, Chris Torres vendió su GIF animado Nyan Cat por 600 mil dólares. En marzo, el CEO y fundador de Twitter, Jack Dorsey, vendió su primer tweet posteado el 21 de Marzo de 2006 (que simplemente decía “just setting up my twttr”) en forma de un NFT por 2.9 millones de dólares. En el mismo mes, el artista Mike Winkelmann, de pseudónimo “Beeple”, vendió a un coleccionista de Singapur un NFT por la suma de más de 69 millones de dólares a través de la casa de subastas Christie’s. La obra en cuestión, denominada “Everydays – The First 5000 Days”, tiene un tamaño de 21.069 x 21.069 píxeles y está compuesta de una gran cantidad de otras pizas digitales creadas por el autor. No se trata solamente de la obra digital vendida al precio más elevado hasta el momento, sino que también es una de las tres obras más caras subastadas por Christie’s de un artista que todavía no ha fallecido, lo que no es poco decir teniendo en cuenta que esta casa de subastas ha vendido obras de talentos como Leonardo Da Vinci, Van Gogh o Picasso. Por otro lado (también en el mes de marzo…), el CEO de Tesla, Elon Musk, anunció que vendería en forma de NFT una canción compuesta por él mismo hablando sobre los NFTs (¿redundancia?), y, más recientemente este mismo abril, la casa de subastas Sotheby’s vendió la obra “The Pixel” (un único pixel gris) del artista Pak por el monto de 1,36 millones de dólares.

Aunque la existencia de un ser humano capaz de desembolsar casi millón y medio de dólares a cambio de una mísera unidad de representación digital pueda parecer descabellada, la verdad es que fenómenos de este estilo involucrando coleccionables se ha repetido en la historia, antigua y reciente (aunque sin lugar a dudas la reciente abunda más en casos estrafalarios). En el año 2015 Ringo Starr vendió por 790 mil dólares la copia original de “El Álbum Blanco” de los Beatles; en 2018 una muñeca de la serie de televisión G.I. Joe emitida en los años 60 se vendió por 9800; en 2014 una mancuerna firmada por Babe Ruth se vendió por 8 mil; y recientemente la primera versión impresa de una carta holográfica del juego de cartas intercambiables de Pokémon fue vendida por 311800 dólares en eBay. En la mayoría de los casos de estas piezas únicas o excepcionales el elevado valor del intercambio proviene, o bien del extenso tiempo que éstas llevan existiendo sobre la Tierra, o bien del grado de conservación del que hagan gala estas piezas. Es decir, si tu carta holográfica de Charizard no se encuentra en buen estado (lo que en el caso de los coleccionistas acérrimos equivale a decir que ésta se encuentra intacta) es muy poco probable que puedas conseguir una suma importante de dinero a cambio de ella. Pero este valor agregado del cuidado que el propietario original de la adorada pieza tuvo que dedicar para subastarla en el futuro no existe en el caso de los NFTs. Tampoco existe del todo relación entre la edad de la obra  y su valor dentro del imaginario colectivo de la humanidad. Un pixel, por poseer detrás de su representación un código único y por pertenecer a un fenómeno de moda entre nuevos y viejos coleccionistas, puede venderse al mismo precio que una obra pictórica de un pintor de renombre conservada durante un siglo.

Aunque el aroma de las nuevas tecnologías suele resultar sumamente seductor, no todo huele a rosas de la providencia dentro del universo virtual de los “activos no fungibles” o del sistema de blockchain en general. Por un lado, al tratarse de bienes digitales o virtuales, es decir aparente, sin existencia “real” o material, el valor obtenido por medio de estas obras es tan resiliente como resistente sea la red binaria de la que forma parte; por el otro, es importante la huella actual de carbono dejada por los requerimientos energéticos de la tecnología propia de la cadena de bloques.  Para asegurar la exclusividad y la propiedad de un NFT, son necesarias grandes agrupaciones de procesadores que en su mayoría no dependen de fuentes de energía renovales para su funcionamiento, por lo que el resultado al final de la cadena son enormes emisiones de dióxido de carbono. En efecto, esta tecnología depende para su subsistencia del trabajo de “minería” de incontables ordenadores de particulares: para que cada bloque nuevo de información sobre una transacción sea agregado a la cadena, es necesario validar tal transacción mediante el uso de un gran poder de cálculo. Los denominados “mineros” utilizan potentes ordenadores con gran capacidad de procesamiento para certificar estas transacciones y a cambio reciben una cierta recompensa, en general criptomonedas. Cuanto más aumenta el uso de una criptodivisa, más complejo se vuelve el procesamiento de validación de las transacciones, lo que asegura que las monedas virtuales no sean infinitas ni que nadie pueda hacerse con todas inmediatamente. Esto genera que, además de potentes equipos informáticos, quien busca dedicarse a esta labor minera necesite tener en cuenta el alto coste energético que implica el competir con otros mineros, ya que estos ordenadores necesitan funcionar continuamente sin interrupciones.

Un estudio realizado en 2018 por el equipo detrás del sitio web sobre tecnología Xataka, estudio en el que se sopesaron las estimaciones de consumo energético de la web Digiconomist, estimó que el consumo anual del procesamiento de las transacciones de Bitcoin equivale al consumo anual de 814 mil hogares  estadounidenses, mientras que el consumo anual de los centros de procesamientos de datos de las transacciones tradicionales de VISA equivale al de 50 mil hogares. Por otro lado, una única transacción de Bitcoin consume unas diez mil veces más energía que una transacción convencional de VISA, y si tenemos en cuenta la fracción de la población utilizando Bitcoin es muy inferior a la fracción que utiliza VISA, podemos entender los riesgos energéticos que podría suponer actualmente el abandono progresivo de una tecnología por otra. Y es una de las características más prometedoras del blockchain la que se encuentra detrás de su derroche energético: la forma distribuida de su funcionamiento. Cada transacción necesita de un enorme poder de cómputo que se incrementa progresivamente a medida que crece la red de ordenadores que le da sustento. En vista de esta realidad poco esperanzadora sobre los costos energéticos de esta tecnología en apogeo, muchos artistas que acostumbraban comercializar NFTs se encuentran dando marcha atrás. Por ejemplo, el artista digital Joanie Lemercier canceló el lanzamiento de una de sus obras digitales al comprender que el lanzamiento de seis de sus NFTs había consumido más electricidad que todo su estudio en dos años. La red de blockchain más utilizada para las transacciones que involucran estos activos digitales es Ethereum, por lo que es a su sistema que apuntan la mayoría de los dedos índices extendidos. Pero este escenario poco alentador se debe sobretodo al funcionamiento poco eficiente de estas cadenas de bloques, ya que no necesariamente un alto consumo energético implica una gran huella de carbono. Si esta tecnología contamina, lo hace porque las redes suelen concentrarse en centros de energía de bajo costo, es decir en regiones que hacen uso de fuentes de energías no renovables. Si todo el ecosistema del blockchain migrara hacia las energías renovables, este problema energético se solucionaría en gran medida, además de que estimularía a las compañías a invertir en investigación y desarrollo de infraestructuras para facilitar el empleo de este tipo de fuentes amigables con los ecosistemas. La propia Joanie Lemercier ya ha migrado a una nueva red de blockchain llamada “Tezos” que utiliza un enfoque diferente a Ethereum que permite prescindir de tanto poder de cómputo. Aun así, eso no quitaría la necesidad de tener acceso a potentes equipos informáticos para lograr tener incidencia dentro de este mercado descentralizado.

Este último punto permite visualizar otro posible resultado no deseable al que pueden dirigir los NFTs y la tecnología de blockchain en general: un aumento de la desigualdad social. Para poder participar del proceso de minería requerido para la validación de las transacciones, es necesario tener acceso a hardware costoso con potencia de procesamiento de gráficos, a reguladores de energía, a sistemas de ventilación, y a un plan de consumo energético que permita tener los equipos encendidos las 24 horas de los 7 días de la semana. Todo esto sin contar la necesidad de tener una rápida, segura y estable conexión a internet y de poseer los conocimientos técnicos suficientes para subirse a este tren de inversión. Estos factores llevan a que la fracción de la población que puede comprender, seguir y manipular este mercado sea todavía muy ínfima, la gran mayoría quedándose al costado de estas vías de monetización. Condenados a la materialidad del mundo físico, los trabajadores que dependen de sus músculos para ganarse la vida, incluidos los artistas plásticos, que ignoran los entramados que se tejen detrás del funcionamiento de estas redes de intercambios digitales, se podrían encontrar en poco tiempo fuera del alcance de los beneficios de su labor. No hay que olvidar que todo este novedoso sistema de intercambio tiene en su base un código complejo de programación, lenguaje que no todos comparten dentro de la sociedad. Al igual que lo hizo la escritura al expandirse como medio de comunicación y de registro, la expansión del lenguaje de la programación irá dejando por el camino a analfabetos digitales, quienes, por más que puedan hacer uso de las nuevas tecnologías como herramientas, ignoran lo profundo de su funcionamiento y por ende carecen del poder para manipularlas completamente. Además de esta brecha que básicamente se reduce a los niveles de poder adquisitivo y de conocimiento técnico, también existe una brecha importante entre los primeros inversores en criptomonedas y los más recientes, y son los primeros (la mayoría ya bañados en riqueza) los que terminan estando más ponderados al momento de tomar decisiones que afecten la fluctuación de valores dentro de todo el sistema de intercambio. Es por esto que muchos opinan que todo el fenómeno de los NFTs es un intento de aquellos que ya se encuentran empoderados económicamente de convencer a artistas de invertir en criptomonedas para así incrementar el valor especulativo de las mismas y su prestigio. En este sentido es que en una entrevista a la BBC David Gerard, autor de “Attack of the 50-foot Blockchain”, llamó “cripto-timadores” a quienes venden estos activos no fungibles, considerándolos “los mismos tipos que siempre han estado haciéndolo, tratando de encontrar una nueva especie de pepita mágica sin valor que puedan vender por dinero”.

Esto no significa que el sistema de intercambio propuesto por el blockchain y los NFTs  no pueda significar una vía de ingreso y de crecimiento profesional para muchos artistas. Compartiendo sus trabajos personales a través de estas redes los artistas más incipientes y desconocidos pueden construirse una base de fans y así comenzar a abrirse paso en un mercado que se vuelve cada vez más competitivo. Lo que sí sorprende de estas masivas subastas de obras digitales es la falta de criterio alguno que determine el valor de una obra u otra. En las subastas convencionales el valor de cada una de las piezas de arte se ha encontrado tradicionalmente ligado a la posibilidad de que la obra en cuestión haya sido galardonada en un concurso, al tiempo que ha transcurrido desde que la obra ha sido creada, al nivel de conservación de la misma, al prestigio previo del artista que le dio origen (valor que lamentablemente suele dispararse si tal artista fallece), a la dificultad y originalidad de la técnica empleada para producirla, y finalmente al tiempo invertido por el artista en su creación, es decir a su nivel de dedicación. Pero en el universo de los NFTs, una hermosa animación cuya elaboración puede haber requerido del arduo trabajo de todo un equipo puede adquirir el mismo valor que un garabato descuidado producido en menos de un minuto (ni hablar del famoso píxel gris). La propia forma descentralizada del funcionamiento de estas redes de intercambio artístico tiene como producto secundario una total falta de regulación de los valores que adquieren los NFTs como piezas de arte. No es que las garras de la oferta y la demanda del mercado no acostumbren a disparatar el concepto de valor en el arte hace siglos (la entrada en el mercado del denominado “arte contemporáneo” ya relativizó este valor enormemente), pero creo que nunca el fenómeno de relativización del valor artístico adquirió tintes tan relativos. Y volvemos al tema de la desigualdad social zanjada por todo este asunto: mientras una imagen JPG construida por un diseñador gráfico que busca financiarse por fuera de este sistema de blockchain, ya sea por decisión propia o por incapacidad, logra a duras penas venderse por céntimos, la misma imagen vendida como NFT podría a otros hacerlos millonarios.

El valor de una obra artística por ende ya no solamente varía según el criterio de quien la consuma y según las leyes de la oferta y la demanda, sino que se vuelve relativo al sistema financiero en donde esa obra circule. Se enfrentan entonces dos sistemas de intercambio que influyen de forma diferente en el valor relativo otorgado a los productos del trabajo de quienes los orbitan. Por un lado se encuentran aquellos anclados al tradicional sistema de intercambio analógico y a la manipulación de obras físicas, por el otro se encuentran los migrantes hacia la digitalización de su arte y la descentralización de la comercialización del mismo. Y esta descentralización que por un lado liberaría a los creadores de sus grilletes institucionales tradicionales, por el otro podría terminar de impregnar de relativismo a las artes humanas. Si este relativismo significa la ausencia total de verdades universales y objetivas compartidas por todos los seres humanos respecto al proceso creativo, la total esclavitud del valor artístico a la subjetividad del intérprete, entonces sería esperable también que el tiempo descentralizado barriese con todos los criterios de verdad construidos durante la historia de las artes. Que no se suela discutir el valor de artistas como Velázquez, Picasso, Goya, Bach, Bethoveen o los Beatles se debe a que en algún momento existió un centro que concentró los criterios de verdad respecto a sus obras, verdad que los ubicó como mojones importantes para la evolución del arte que desempeñaban. Hoy no existirían la música y las artes plásticas como las conocemos si no fuera por las obras de su trabajo, quizás ni siquiera existiría la sensibilidad humana actual sin su dedicación, y es eso mismo lo que les ha otorgado un valor digno de transformarlos en ídolos de la historia. Si la descentralización del mercado en boga de los NFTs y la relativización de los valores culturales es algo destructivo o no para la cultura humana únicamente el tiempo puede decirlo, pero es innegable el advenimiento de un cambio cultural por la migración de la actividad artística hacia estas nuevas plataformas tecnológicas de intercambio. Algunos sostienen que esta moda se trata tan sólo de una burbuja a punto de estallar, otros creen que es el comienzo de una nueva era desinstitucionalizada para las artes. Pero es sabido que las instituciones, en todas sus facetas y escalas, han acompañado a la humanidad desde que existen registros de su historia y siempre se han adaptado a todos los intentos habidos y por haber para destruirlas. ¿Quién sabe? Quizás, paradójicamente, se comiencen a generar de forma progresiva en el futuro centros dictaminadores de valor dentro de estas redes tan finamente descentralizadas.

Bruno Gariazzo