El poder oculto de la biodiversidad

Nota escrita para la sección CROMO del diario El Observador

El pasado lunes 22 de abril se celebraba el Día Internacional de la Madre Tierra, una fecha especial impulsada por el senador estadounidense Gaylor Nelson en 1970 y que, desde entonces, se celebra anualmente como una forma de generar conciencia a nivel global sobre la importancia de proteger nuestro planeta. La iniciativa de Nelson marcó el nacimiento de los movimientos ambientalistas modernos y abrió el camino para que tuviesen lugar la Cumbre de la Tierra de Estocolmo en 1972 y el Acuerdo de París firmado el 22 de abril del 2016. En ambas instancias se hizo énfasis en la responsabilidad que tiene el ser humano respecto de su entorno y de su implicancia en el denominado Calentamiento Global. Una suma de factores que son fruto de la actividad humana ponen en peligro la vida sobre la Tierra: la contaminación de la atmósfera y del agua, el crecimiento exponencial de nuestra población y el aumento de residuos plásticos en los océanos. Pero hay un factor cuya importancia suele pasar desapercibida para una gran fracción de la población: la pérdida irrecuperable de la biodiversidad.

El pasado jueves 25 de abril se llevó a cabo en el Museo Carlos Alberto Torres de la Llosa una presentación sobre los efectos de la forestación en la diversidad de aves de nuestro país de la mano del Licenciado Pablo Fernández. La charla fue la primera actividad del ciclo “Conversando de Nuestra Fauna 2019” organizado junto a la Sociedad Zoológica del Uruguay, y en ella el licenciado expuso lo que constituyó su investigación para realizar el trabajo de grado con especialización en ecología de la Licenciatura en Ciencias Biológicas de la Facultad de Ciencias.

Ambientes sustituidos

La presentación comenzó informando que cerca del 50% de la superficie terrestre sin congelar ya ha sido modificada por el hombre, lo que significa que gran parte de algunos ecosistemas del planeta se han visto alterados y fragmentados. Esto se postula como una de las principales causas de la crisis global de la biodiversidad, la cual puede entenderse como la riqueza en número de especies animales y vegetales que habitan un ecosistema determinado. En efecto, las actividades agrícolas y ganaderas traen consigo la sustitución de ciertos ambientes naturales por otros, provocando el desplazamiento de muchas especies que bajo estas presiones corren el riesgo de extinguirse.

El bioma que es insignia del Uruguay es el pastizal o pradera, y, según el estudio realizado por el grupo de investigadores del que Pablo Fernández forma parte, muchas especies de aves que habitan este bioma están viendo su existencia comprometida a causa de la alteración o sustitución de su hábitat natural principalmente por la agricultura, urbanización y más recientemente por  la actividad forestal. Fernández recordó a los presentes que se deben de distinguir la forestación rural antigua, aquella que da protección al ganado, de la forestación industrial moderna, aquella destinada mayoritariamente a producir papel y que se ha visto incrementada en los últimos 30 años. Recordó también que la forestación no es un ecosistema aislado, lo que presentaba un desafío para el estudio, sobre el cual contó:

“En realidad partíamos de la base de que no teníamos conocimiento sobre lo que nos íbamos a encontrar. Fuimos con un método objetivo a relevar paisajes forestales y ver qué nos encontrábamos. Pero no sabíamos nada de las especies beneficiadas o desplazadas, esas eran, entre otras, las preguntas que teníamos para plantear la investigación”.

“En ese sentido – continuó Fernández – es importante resaltar aspectos positivos de esta actividad, ya que, a diferencia de la gran mayoría de las actividades agrícolas que se realizan en el campo, las empresas forestales han abierto “las porteras” a los biólogos en Uruguay a través de convenios con Facultad de Ciencias y a través de trabajos de consultoría para lograr los estándares de certificación. Esto ha permitido generar avances en el conocimiento de los efectos de esta actividad en la biodiversidad.”

La investigación consistió en establecer diferentes puntos de conteo (unos 600) de especies de aves en diferentes regiones delimitadas dentro de estos tres ambientes mencionados, llevándose un registro de las mismas cada 10 minutos. Para evaluar el impacto de la actividad forestal en la biodiversidad de aves a escala Paisaje (en ecología una escala ubicada entre lo regional y lo local), se analizó el número de especies en función de un gradiente creciente de forestación en diferentes paisajes agroforestales del Uruguay. Los resultados obtenidos demuestran que a medida que aumentan las áreas forestadas, menor es el número de especies especialistas de los pastizales. Dentro de las aves que se verían entonces desplazadas por esta actividad industrial se encuentran la perdiz, el ñacunda y la ratonera aperdizada. Aun así, durante un estudio paralelo realizado por otro equipo, se logró captar con cámaras varios ñandús, y hay algunos registros en Brasil y uno en Uruguay de ejemplares anidando dentro de áreas forestadas, por lo que esta especie, especialista de pastizal, podría ser capaz de adaptarse a este nuevo ambiente.

Por otro lado, la falta de diferentes estratos de la vegetación en las áreas forestadas (es decir de árboles, arbustos, y sotobosque de diferentes alturas) podría estar explicando la baja diversidad de aves que allí pueden habitar, en comparación con los bosques nativos. Teniendo en cuenta que en Uruguay habitan 23 especies de aves amenazadas a nivel global, muchas de las cuales están asociadas a nuestros pastizales, al final de la exposición el licenciado manifestó la importancia de valorar y de conservar nuestras praderas, y recordó que, de las 14 áreas protegidas de nuestro país, ninguna representa a este bioma. Para esto planteó como fundamental que se compatibilicen los slogans “Uruguay Natural” y “Uruguay Productivo”.

Un juego de equilibrios

En diálogo con Cromo, Pablo Fernández cuenta que existen varias posturas entre los científicos con respecto al rol que deben cumplir las ciencias naturales frente a las ciencias políticas, sociales y económicas: mientras que unos opinan que todas deben trabajar juntas desde el mismo lugar, otros consideran que el científico se tiene que encargar sólo de generar el conocimiento, siendo tarea de los políticos el aplicarlo para el mayor beneficio de la sociedad. “Sin duda lo ambiental es algo que a nivel político es un debe”, continuó explicando el investigador, “se tiene que manejar porque es una de las dimensiones que se encuentra repercutiendo en las otras dimensiones, sociales y económicas, a nivel local y global”.

Cuenta el investigador que el manejo de ecosistemas “es un concepto no tan nuevo que habría que tratar de incorporarlo lo antes posible. Razones sobran. Son sabidos todos los problemas que hay a nivel global. Algunos pueden creer que son exageraciones, pero hay datos sobre la mesa que son irrefutables”.

La activista sueca Greta Thunberg, de 16 años, dijo en diciembre del 2018 ante la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas (COP24): “Solo hablan sobre seguir adelante con las mismas malas ideas que nos metieron en este desastre, incluso cuando lo único sensato que pueden hacer es poner el freno de emergencia”. Con sus palabras firmes dejó a un montón de líderes sin palabras, remarcando la necesidad de que los problemas medioambientales sean puestos en palabras mayúsculas dentro de los discursos políticos.  

Para ayudar a comprender mejor la amenaza que se esconde detrás de una pérdida global de biodiversidad, Pablo Fernández explicó que el mayor riesgo reside en la incertidumbre. “Estar perdiendo así nomás información que demoró miles de millones de años en evolucionar, que se encuentra funcionando activamente en los ecosistemas, me genera preocupación, justamente porque no sabemos el grado de importancia de lo que estamos perdiendo”, dijo Fernández, “es el argumento número uno que se me ocurre para invitar a reflexionar”. Resulta que cada especie cumple una función específica en un ecosistema, pero que esa función puede ser respaldada por otra especie en caso de que la primera se pierda. El problema surge cuando son tantas las pérdidas que deja de ser posible esa compensación, de forma que la red se destruye. Podríamos asociarlo al juego “Jenga” (¡jugando a ciegas!), y quien lo conoce sabe qué sucede si se quita la maderita equivocada. Cuando los discursos políticos siguen dirigidos a un aumento de la producción, brilla la necesidad de compatibilizar estos discursos con la conservación de los recursos. “Según muchos autores estamos en la sexta extinción masiva”, apuntó el ecólogo, “hay muchas cosas en juego, pero lo más peligroso me parece que es no saber cuánto es lo que está en juego”. 

Bruno Gariazzo

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