El llamado de la naturaleza

El bioquímico Claudio Martínez y el periodista ambientalista Daniel Hardy plantean la urgencia de buscar alternativas al modelo dominante de producción agrícola

Una imagen chistosa: un perro persigue su propia cola dando vueltas en círculos. De pronto el can alcanza a morder su rabo y un gemido de dolor lo alerta acerca de una realidad lastimosa: durante toda la persecución se encontraba en guerra consigo mismo. Quizás la imagen dejaría de ser tan chistosa si cambiásemos al perro por un ser humano… después de todo, el humor es subjetivo. Una de las personas a quienes tal imagen no le causa ninguna gracia es el doctor en Biología Molecular y Celular Claudio Martínez Debat, quien es docente en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República y director del Laboratorio de Trazabilidad Molecular Alimentaria (LaTraMa). En diálogo conmigo, el especialista manifestó su preocupación frente a al sistema de creencias que se encuentra instaurado hace milenios en la sociedad y que atraviesa todos los registros de la historia moderna de la humanidad. El humano ha estado siempre en guerra con otros de su propia especie, pero también contra todo su entorno. “El problema es la forma industrializada de producir que genera una separación grande con la naturaleza, incluso filosófica”, dijo Martínez. Los individuos ya no se procuran el alimento directamente, lo que obligaría a enfrentarse directamente con su ecosistema, sino que lo reciben ya procesado y empacado. Esto lleva a un distanciamiento del individuo de su propia integridad biológica y también de las leyes que rigen a la vida.

Esta “guerra contra la naturaleza”, piensa Claudio Martínez, se ha trasladado a nuestras formas de aprovechamiento de los recursos de la tierra, y específicamente estas estrategias guerreras se encuentran patentes en la producción agrícola que tiene lugar en el campo. No sólo muchos de los productos químicos utilizados en las plantaciones provienen directamente de la industria bélica, sino que las estrategias de producción están plagadas de un léxico dominado por metáforas de guerra: es menester el eliminar a todos los enemigos, sean estos hongos, bacterias, insectos o “malezas”. Es en este paradigma guerrero que se eleva firmemente el modelo agroindustrial actual sin ningún tipo de voluntad de cambio a la vista. “Es un modelo muy cómodo, porque nosotros tenemos el poder y la historia siempre la escriben los vencedores – planteó Martínez – Por ahora somos nosotros quienes escribimos la historia; en el futuro, teniendo en cuenta los grandes colapsos que están ocurriendo en algunas partes de esta biósfera terrestre, en algún momento vamos a pasar de ganadores a perdedores.”

Más allá de esta guerra declarada por el hombre moderno a su entorno, el especialista considera que actualmente la humanidad se encuentra atravesada por todo un movimiento social que anhela recuperar los lazos perdidos con todo lo que compone el macrosistema terrestre. Los beneficios que aportan estos lazos, dice el bioquímico, no escapan a los pueblos indígenas que aún conviven con las otras especies animales y vegetales, de una manera práctica y funcional, sí, pero también con respeto y reverencia. Tampoco escapan a la medicina, la cual ya ha demostrado con creces cómo un contacto directo con la naturaleza beneficia ampliamente una buena salud, aspecto de la vida que la actual cuarentena a causa del coronavirus está poniendo sobre la mesa. “Ya sea de forma intuitiva o por seguir lo que dice la ciencia, mucha gente está volviendo a “meter las manos en la tierra” – expresó Martínez – Lo digo metafórica pero también literalmente, ya que en la tierra hay microbios que una vez que los incorporamos a nuestro microbioma (la propia población natural de microbios de nuestro cuerpo) producen sustancias beneficiosas para nosotros, en particular para nuestro buen humor.” Para el experto para comprender esto basta con observar cómo los niños no se enferman cuando se ensucian las manos y la cara al jugar con tierra: si se razona un poco por fuera del sentido común cualquiera comprendería que al ensuciarse de microbios están generando nuevas defensas inmunitarias para luego defenderse de males mayores. De pronto la relación que tenemos los seres humanos con la naturaleza se vuelve tan estrecha que el reaprender las leyes universales según las cuales la misma se perpetúa aparece como imprescindible para que logremos sobrevivir en el planeta.

Comienza entonces a dibujarse la razón por la cual la relación que hoy en día mantiene mayoritariamente el ser humano con la tierra puede ser asociada a un perro que se persigue el rabo: declararle la guerra a todo lo que perturba sus actividades económicas equivale a lanzar un boomerang para quedarse luego mirando embobado el horizonte sin nunca esperar el golpe. Se vuelve así necesario el adoptar una visión holística que sepa contemplar a toda la biósfera como un único sistema vivo cuyos componentes funcionan enteramente en interconexión. Esta visión se encuentra muy alejada de la visión reduccionista del razonamiento científico tradicional en el cual cada disciplina se pierde en sí misma sin mirar alrededor, “lo que genera hasta epistemológicamente una visión muy acotada del entorno”, dijo el científico uruguayo.   En una era digital en la que la cantidad de información acumulada es cada vez más abrumante, se hace cada vez más evidente la necesidad de adoptar una mirada sistémica sobre el entorno como único medio de supervivencia. Desgraciadamente las estrategias dominantes de producción agrícola no han sido ideadas teniendo en cuenta los posibles efectos secundarios de las mismas sobre su entorno. Los monocultivos transgénicos y los agroquímicos usados para protegerlos de los enemigos que puedan rodearlos podrán ser muy rentables a nivel agroeconómico, pero, por no contemplar en su empleo a la totalidad del ecosistema, no sólo generan efectos adversos para la salud de otras especies y la nuestra, sino que esa rentabilidad tan codiciada tiene una fecha de caducidad.

La identidad que caracteriza a este biosistema global queda claramente representada por la información genética aportada por las moléculas de ADN y de ARN y por las diferentes formas que éstas tienen de expresar la información que portan, lo que se conoce como epigenética. “Es una misma lógica replicativa de información basada en estas macromoléculas de ácidos nucleicos, lo que es un claro ejemplo de la unidad material que existe en la biósfera”, argumentó el especialista. Dentro de esta unidad cooperan un montón de mecanismos para mantener un equilibrio al cual la ecología denomina “homeostasis”, equilibrio que permite toda capacidad del entorno de recomponerse tras cualquier perturbación. Esta capacidad, llamada “resiliencia”, se pone en juego así ante agentes disruptores de esta homeostasis, como lo son los agroquímicos utilizados en las plantaciones agrícolas. Los perjuicios que representan estos productos químicos para nuestra propia salud y la de los ecosistemas aparecen bien documentados en el libro “Agroquímicos: El genocidio silencioso de la salud” escrito por el periodista y ambientalista uruguayo Daniel Hardy Coll, quien desarrolló una investigación durante diez años para recopilar toda la información que se expone en su obra. En diálogo conmigo el periodista contó sobre un caso ocurrido en el año 2017 en el paraje La Armonía en el kilómetro 40 de la ruta 33: ese año estudios realizados por la Facultad de Química detectaron la presencia de restos de pesticidas en el pozo de agua de la escuela rural n°10. Habiendo sido solicitado por la Intendencia de Canelones, el estudio se realizó en agosto en el Polo Tecnológico de Pando y su resultado provocó la clausura del pozo de la escuela, los alumnos debiendo traer sus propias botellas de agua desde sus hogares. Pronto se descubrió que la mayoría de los pozos de agua de la región, con más de treinta metros de profundidad,  se encontraban en iguales condiciones de contaminación.

Gran parte de los perjuicios que han sido documentados como causados por el uso de pesticidas como el glifosato y el ácido 2,4-diclorofenoxiacético (2,4-D) están ligados a la ya mencionada epigenética, la cual engloba a los mecanismos de expresión de las secuencias de ADN presentes en el genoma. Un gen puede estar presente en nuestro ADN pero no lograr expresar su información molecularmente, por lo que se dice que éste está “silenciado”. Estos mecanismos de regulación están estrechamente vinculados al entorno en el que se mueve un individuo y muchas veces se los asocia con los cambios de humor o con el desarrollo de enfermedades crónicas. Sucede que en estos procesos de regulación epigenética cumplen un rol fundamental los microorganismos con los que nuestro cuerpo mantiene una relación cooperativa, es decir nuestra “flora natural”, microorganismos que se ven atacados por los pesticidas que son aplicados a nuestros propios alimentos. Lo que resulta especialmente preocupante a Claudio Martínez Debat es que los cambios epigenéticos se transmiten de generación en generación sin necesidad de que ocurra una mutación, en algunas especies animales llegando incluso a transmitirse durante siete generaciones sucesivas, por lo que los efectos negativos que tienen los agroquímicos sobre la salud podrían recién manifestarse en la generación de los nietos de los abuelos que consumieron alimentos contaminados. “Estamos produciendo una enorme cantidad de alimentos con agroquímicos que estamos consumiendo sin saber: son los ingredientes no declarados”, advirtió Martínez. Por otro lado, el otro gran grupo de agroquímicos, los fertilizantes, son compuestos fosfatados que terminan en los cursos de agua y que favorecen el proceso de fotosíntesis de las cianobacterias, por lo que facilitan el florecimiento de las mismas.

Pero los productos químicos utilizados para proteger las plantaciones no son los únicos citados entre las advertencias del bioquímico uruguayo. Los otros grandes protagonistas que son blancos de sus observaciones son los cultivos transgénicos, organismos vegetales modificados genéticamente en busca de conferirles a las plantas rasgos que optimicen su supervivencia en el campo. Ya sea recibiendo ADN foráneo por ingeniería genética o modificándose una secuencia específica por edición directa en su genoma, se busca que los individuos que constituyen estos cultivos presenten alguna de estas dos características: ser resistentes a la aplicación de dosis masivas de herbicidas y/o pesticidas, o que la propia planta sea capaz de producir sus propias toxinas con efecto insecticida. Así como los pesticidas, estas toxinas también perjudican al microbioma natural de nuestro cuerpo, además de que pueden ser compuestos alergénicos. No sólo se están liberando enormes cantidades de clones vegetales de la misma especie al ambiente con una modificación genética que no se sabe cómo interaccionará con la información genética del ecosistema, argumentó Martínez, sino que la edición genética no sólo genera modificaciones en el genoma en los sitios puntuales previstos, sino que también existen inserciones de ADN en sitios que no estaban previstos de antemano. “Son técnicas imprecisas, pero son imprecisas por definición porque los mecanismos bioquímicos de la vida no son 100% precisos – explicó el especialista – entonces no podemos pretender que el ser humano en un laboratorio sea más exacto que la propia naturaleza. Siempre hay un montón de variables que la naturaleza se tomó miles de millones de años en optimizar. Por eso son técnicas prometedoras pero aún están en fase experimental y no tendrían que ser usadas fuera de un laboratorio.”

Más allá de todas estas contraindicaciones, el volumen de agroquímicos importados en nuestro país no ha hecho más que aumentar, incrementándose aún más que la superficie de cultivos transgénicos plantados. “Las cifras de agrotóxicos importados han ido en aumento, como lo muestran los documentos del Ministerio de Ganadería y de aquellos a los que accedí gracias a la Ley de Acceso a la Información Pública”, informó el periodista Hardy Coll. Según el director de LatraMa, mientras que el ciudadano común normalmente ve un riesgo como un daño potencial, para las grandes empresas que sostienen este modelo productivo un riesgo significa una oportunidad de beneficio económico, de conquistar un nuevo nicho de mercado. El problema radica en que este modelo agroeconómico implica riesgos serios para la salud humana a futuro, aunque en su diseño estos efectos secundarios no hubiesen sido originalmente planeados. Y no sólo implica riesgos para nuestra especie, sino que también afecta a la fertilidad de los suelos, a la potabilidad del agua, a la contaminación del aire, a la biodiversidad y a las poblaciones de insectos fundamentales para el funcionamiento de los ecosistemas como son las abejas. “Son todos síntomas de que este modelo basado en la guerra está causando daños colaterales – dijo Claudio Martínez – Como en toda guerra, hay daños colaterales, y son estos daños que la sociedad ha empezado a rechazar.” En efecto, más allá del enorme movimiento provocado por la activista medioambiental sueca Greta Thunberg, cada vez es mayor la fracción de la población que se encuentra en un movimiento de “retorno a la naturaleza” que busca reincorporar el respeto hacia el entorno. Frente a estos temas también se encuentra fraccionada la comunidad científica, existiendo dos grandes bibliotecas de investigación en disputa: por un lado están los investigadores que defienden con sus trabajos el modelo productivo imperante y minimizan la nocividad de sus efectos, por el otro se encuentran los científicos que buscan hacer el foco sobre los riesgos que acompañan al mismo modelo. Sin embargo, el volumen de los trabajos de investigación pertenecientes a la primera biblioteca presenta un estancamiento y detrás de los mismos se suelen hallar conflictos de intereses vinculados a grandes corporaciones, mientras que el volumen de la biblioteca que se muestra crítica con este modelo económico no ha hecho más que crecer en los últimos años. “Cada uno sabe en el equipo que quiere jugar – dijo por su lado Daniel Hardy – “Yo juego en el equipo de la humanidad, al que le importa más la salud que una facturación.”

Frente a este panorama lleno de advertencias que pesan sobre el futuro de nuestra especie, encontrar alternativas viables al modelo de producción imperante se vuelve más que una opción una necesidad. La alternativa estrella en los tiempos que corren es la denominada “agroecología”, ciencia de punta que Claudio Martínez considera la más importante actualmente. Como miembro a la cabeza del Núcleo Interdisciplinario Colectivo TÁ (Transgénicos y Agroecología), el doctor en biología molecular y celular explicó que la agroecología propone un modelo de producción agrícola basado en los principios de la ecología, tomando a la naturaleza como un único sistema y buscando ser sostenible en el tiempo. Tomando como base de todo razonamiento el hecho de que todos los componentes de la biósfera están íntimamente interrelacionados, toda una rama de la microbiología que tradicionalmente se ha dedicado a estudiar patógenos para diseñar antibióticos y vacunas se encuentra hoy, por ejemplo, investigando a aquellos microorganismos que puedan ser beneficiosos para los suelos. Se busca producir así preparados concentrados de estos microorganismos para reemplazar a los fertilizantes nitrogenados y fosfatados, cuyos efectos desgastantes sobre los suelos ya están más que documentados. Una producción agroecológica llevada a cabo sobre un suelo saludable presenta muchos más nutrientes y de mejor calidad que un suelo empobrecido por las técnicas agrícolas convencionales: un suelo desgastado podrá producir grandes toneladas de un mismo grano, pero estos granos estarán desprovistos de un montón de minerales imprescindibles para nuestra buena salud. Por otro lado, por emplear el policultivo (muchas especies vegetales conviviendo juntas) en vez del tradicional monocultivo (una sola especie), la agroecología también ayuda a conservar la biodiversidad, la cual es fundamental para resistir los desafíos que aporta el cambio climático. Estos policultivos ya eran utilizados anteriormente por los pueblos originarios que habitaban estas tierras, como lo demuestran diferentes hallazgos arqueológicos, pero también se utilizan aún hoy en México: son las conocidas “milpas”, parcelas de tierra en la que se siembran juntas varias especies vegetales como el maíz, el frijol, el chile y la calabaza.

La Red de Agroecología del Uruguay, activa en el país hace décadas, ha tomado relevancia hace un par de años en el marco del Plan Nacional de Agroecología, ley que se aprobó en el Parlamento a finales del 2018 y se reglamentó a inicios del 2019. Debido a que la demanda de productos agroecológicos se está incrementando en aproximadamente un 10% por año a nivel mundial, Claudio Martínez considera que Uruguay tiene la gran oportunidad de negocio de rediseñar su modelo productivo hacia una producción agroecológica de alto valor agregado. El país tiene así la ocasión de producir alimentos ricos en vitaminas, proteínas y minerales para conquistar un mercado naciente que ambiciona alimentos de mejor calidad. En Argentina ya se encuentran produciendo miles de hectáreas de policultivos de forma agroecológica, lo que demuestra que este tipo de cultivos son posibles de forma extensiva. Regresar a los orígenes indígenas de nuestras formas de producción agrícola para aprender de las raíces de nuestra especie puede ser la clave para conservar un ecosistema al borde de un colapso global. Además, también puede ser una excelente medida preventiva para los problemas de salud que puede sufrir la población humana a futuro. “Si estos temas se invisibilizan, la gente se empieza a olvidar hasta que se diagnostican enfermedades crónicas – opinó Martínez – Empiezan las consultas cuando el daño ya está hecho. Por eso está bueno generar una cultura de la salud preventiva. Generar una salud que milita desde la salud y no desde la enfermedad.” Por su parte, el periodista Daniel Hardy Coll zanjó: “esta pandemia que hoy se vive con el coronavirus si algo está demostrando es que sin salud no existe posibilidad de una economía sana”.



Bruno Gariazzo

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