Hacia el abismo de los sueños

Nota publicada en la sección Cromo del diario El Observador

El 18 de diciembre de 1994 Jean-Marie Chauvet, Éliette Brunel y Christian Hillaire encontraron una pequeña cavidad entre las rocas mientras recorrían las curvas del río Ardèche en Francia. Tras adentrar sus sentidos a través de las piedras por las que se colaba un suspiro de aire, descubrieron una gruta que modificaría la percepción que tiene el ser humano de sí mismo para siempre: la cueva de Chauvet. En su película documental “La cueva de los sueños olvidados”, Werner Herzog considera que observar las pinturas rupestres que descansan sobre las paredes de esta caverna es como dialogar con los orígenes del alma humana moderna. Esas expresiones del mundo sensible a través de las manos de unos de los más antiguos Homo Sapiens registrados hasta la fecha (el hallazgo data de hace 35 mil años) son la prueba de cómo el arte ha siempre eternizado los sueños profundos de la especie humana. ¿Pero estos descubrimientos son un producto del azar o están ligados a las pasiones que motivaron a un trío de exploradores?

Resulta que tanto Chauvet, como Brunel y Hillaire compartían una misma afición de nombre confuso: la espeleología. Del griego spelaion que significa “cueva”, esta ciencia estudia las formaciones geológicas que se generan naturalmente por debajo de la superficie terrestre. Aunque las primeras exploraciones hacia las profundidades de la Tierra se produjeron en el siglo XVII, mundialmente se considera al francés Édouard Alfred Martel como el primer espeleólogo y padre de la espeleología moderna. Martel publicó en 1894 su obra “Les abismes” y fundó en 1895 la  Sociedad Espeleológica de Francia, horadando así el túnel a través del cual los franceses pasaron a llevar la linterna de esta nueva ciencia.

Desafiando al abismo

El jueves 9 de mayo de 2019 se llevó a cabo en el Museo de Historia Natural Dr. Carlos A. Torres de la Llosa una conferencia sobre espeleología a cargo de integrantes del CEUMI  (Centro Espeleológico Uruguayo Mario Isola), centro que brindará este mes un ciclo de cuatro encuentros acerca de esta rama del conocimiento. Los espeleólogos Gaspar González, Pablo Piriz e Ismael Lugo sostuvieron en la charla que la era de exploración de la Tierra aún no ha terminado e invitaron a los presentes a “superar el miedo a la oscuridad” para adentrarse en los mundos que se esconden bajo la superficie. Según los exploradores las cuevas más prometedoras son aquellas de más difícil acceso, ya que cuanto más estrecha sea la cavidad de entrada, más probabilidades hay de que la posible gruta que esconde no se haya visto alterada por el ingreso de material externo. Las cavernas más desafiantes son aquellas que descansan en los fondos marinos, por lo que esos rincones son los menos conocidos por la humanidad, pero son las denominadas cavernas kársticas las que constituyen la mayor línea de exploración espeleológica por su gran atractivo. Estas cavidades subterráneas se caracterizan por estar constituidas de extensas galerías ramificadas que suelen estar atravesadas por corrientes de agua. Las rocas calcáreas en estas cuevas sufren un proceso de disolución química que tiene como consecuencia el depósito de carbonatos y la generación de espeleotemas, como las conocidas estalagmitas y estalactitas.

Aunque la belleza de estos paisajes arquitectónicos naturales deja absorto a cualquier aventurero, el tránsito por túneles que conducen a ellos no carece de dificultades. Gaspar González, primer montañista en Uruguay y hoy apasionado por la espeleología, contó a Cromo que esta actividad exploratoria no es para amantes de la adrenalina y que para evitar situaciones de riesgo es necesario siempre obligarse a mantener la calma. Uno de los principales peligros dentro de una caverna es perderse, por lo que González dijo que siempre suele llevar en el mameluco pequeñas flechas fluorescentes para ir señalizando el camino, así como suele asegurarse de llevar consigo linternas y varias baterías. Otras de las dificultades que acechan en el abismo son la estrechez y la verticalidad de los pasadizos, por lo que hay que cuidarse de no quedar atrapado, así como el contacto permanente con el agua que implica riesgos de hipotermia. Esto envía a otra amenaza en lo profundo: a varios metros bajo tierra puede pasar desapercibida la lluvia, y las crecidas subterráneas suelen ser muy repentinas. Por otro lado, la actividad kárstica puede ser peligrosa por la presencia de sustancias químicas en el aire que pueden ser tóxicas si son inspiradas, así como las esporas de hongos o los excrementos de los murciélagos. “Pero con otros compañeros cerca el peligro disminuye”, admitió el explorador.

Desde el corazón

Uno de los atractivos más grandes que presenta esta ciencia para Gaspar González es la posibilidad de hacer amigos alrededor de todo el mundo con los que comparte la misma afición. Contó que alrededor de la espeleología se formó toda una cultura internacional fundada en la interacción entre muchas disciplinas. Aunque no es una ciencia académica, ésta se nutre de muchas ramas del conocimiento como la topografía, la geología, la arqueología, la antropología, la biología, o la paleontología. Por ejemplo, la paleopalinología estudia en estas cavernas, a través del análisis de fósiles de granos de polen y esporas, los cambios climáticos a través de la historia del planeta, y los zoólogos hoy en Uruguay están estudiando en estas cuevas el sistema inmunitario de los murciélagos vampiro, sumando argumentos a favor de la conservación de estos roedores voladores. Al final de una expedición, la ciencia que gana protagonismo es la topografía, ya que el principal resultado de estas aventuras es un mapa que ilustra los caminos recorridos. Por estar siempre en contacto con otras ciencias y favorecer la colaboración entre las mismas, afirmó González que “la espeleología te abre a ser una persona autodidacta y a estar escuchando a todas las personas por igual; te hace estar despierto, te hace ser preguntón, indagador e inquieto intelectualmente”.

Para los amantes de esta profesión, la investigación está muy ligada al contacto emocional con los espacios descubiertos y con los procesos de estos descubrimientos. “De alguna manera vamos dejando en nuestro marco cultural el mundo emocional de lado en favor de la ciencia y de la técnica – dijo González – cuando en realidad somos seres emocionales y la espeleología es una experiencia sensorial”. En la conferencia en el Museo de Historia Natural se dedicó un espacio especial al explorador boliviano Mario Jaldín, referente e inspirador de Gaspar González por su pasión por las cavernas. La nobleza y humildad con las que Jaldín comparte sus experiencias conmueve al espeleólogo uruguayo, quien se mostró deseoso de contribuir a difundir el trabajo de su par boliviano ya que considera injusto que el esfuerzo lleno de amor de una persona se extinga en las sombras. “Los espeleólogos hacen hazañas físicas y psicológicas que están impulsando el conocimiento del ser humano más allá y atravesando barreras increíbles – dijo el excursionista – pero son personas normales que se mantienen en un submundo, no suelen salir en los medios; la espeleología simbólicamente está en la oscuridad”.

Esta ciencia de los viajes subterráneos implica un asiduo entrenamiento de técnicas con cuerdas que simulan situaciones de verticalidad, las cuales se pueden realizar tanto en árboles de copa grande como en puentes o en barrancos de cerros. Aunque esta profesión implique un exigente trabajo físico,  Gaspar González insistió en que esta ciencia no es un deporte e hizo hincapié en el trabajo psicológico que representa la exploración de una caverna diciendo:

“Dos de los condimentos principales de la aventura son la incertidumbre y el miedo. De hecho creo que la incertidumbre es lo que genera miedo, ¿no? Pero tampoco se busca que desaparezcan, porque son cosas que impulsan. Aprendemos un montón de cosas para vivir el miedo y la incertidumbre sin morir en el intento. Lo incierto, si bien da miedo, es algo que impulsa, que nos lleva hacia adelante. Porque la incertidumbre está allá, allá adelante. El miedo nos hace cuidarnos un poquito más y no ser temerarios. Los temerarios hacen cosas peligrosas sin miedo. Nosotros, las hacemos con miedo y con cuidado”.

Bruno Gariazzo

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